Regresso a Pequim em dias frios




24/1/2012
15/12/2011
11/11/2011
Deixei Pequim há mais de dois meses. Não estou lá para ter impressões e as deixar aqui impressas. Mas hoje, depois de comentar brevemente com os meus alunos (de chinês) a importância da identidade que o nosso nome chinês encerra (apesar de nem sempre atribuído de modo tão consciente e filosófico como se pretende), comecei a preocupar-me --mais do que com a actual ausência da dimensão asiática na minha vida ocidental-- com a eventual extinção da minha "identidade chinesa"... Porque o nome, como um carácter, também se constrói, ganha corpo com a idade, anda pelo próprio pé, enche o peito altivo e dá ares da sua graça... e mede forças com o outro (o primeiro, verdadeiro) e os dois alternam-se numa bipolaridade artificial e estranha. O nome que nos dão, esse que se quer cheio de significações profundas e bons augúrios, esse que cogita definir o eu inteiro em três letras, desliga-se aos poucos da máquina, respira já sem esforço, vive já autónomo, apodera-se dos dias alternados da vida que levamos lá fora... E então pergunto-me, como sobreviverá Li Ling sem China?
Um destes dias, vi em "Todas las Almas", a minha leitura mais recente de Javier Marías, rasgos da minha própria vida fora de casa, e da vida no regresso a ela. Em registo semi-autobiográfico, Marías conta episódios dos dois anos que viveu fora de Espanha, como professor em Oxford: as crises identitárias, a absorção das idiossincrasias de uma cidade que não a sua e as transformações internas, confusas, que sofre nesse período solitário, intenso e irrepetível.
“No logro hacerme a la idea de que según sean las cosas podría acabar ¡muriéndome!, y de que si eso sucediera (cruzo los dedos) dejaría de enterarme de lo que seguiría sucediendo a partir de entonces a los demás. Como si me quitaran de las manos un libro que estoy leyendo con curiosidade infinita. Es inconcebible.
~
Sigo igual que siempre, oscilando entre la ira y la risa que me producen las cosas, sin término medio, son mis dos maneras complementarias de relacionarme con el mundo y andar por él. O me enfurezco o me río, o ambas cosas a la vez, y ambas en mi interior.
~
Entonces yo miré abiertamente al rostro de Clare Bayes y, sin conocerla, la vi como alguien que pertenecía ya a mi pasado. Quiero decir con alguien que ya no era de mi presente, como alguien que nos interesó enormemente y dejó de interesarnos o que ya ha muerto, como alguien que fue o a quien un día ya antiguo condenamos a haber sido, tal vez porque ese alguien nos había condenado a nosotros a dejar de ser mucho antes. (...) Era que ella me miraba también, y me miraba como si me conociera de antiguo, casi como si fuera una de esas figuras devotas y secundarias que pueblan nuestra niñez y que no son capaces, más tarde, de mirarnos como a los adultos detestables que somos, sino que, para nuestra suerte, viendo niños eternamente con su ojo inerte deformado por la memoria. (...) Así me miraba Clare Bayes y yo la miraba a ella, como si fuéramos los ojos vigilantes y compasivos el uno del otro...
~
Hasta estoy olvidándome de la chica del tren, demasiado potencial, demasiado joven, demasiado autónoma, demasiado inconsciente de su presencia. Clare Bayes no es así. Clare Bayes sabe más de sí misma, que es el conocimiento que hace atractivas a las personas, lo que les da valor: que puedan dirigirse, que puedan preparar y conducir sus actos. Lo que conmueve es hacer sabiendo que lo que se hace o deja de hacer tiene peso y significación. El azar no conmueve, y lo inocente no encierra más promesa que la forma en que dejará de serlo.
~
Desde hace años veo pasar los días con la sensación de descenso que todos los hombres sienten más pronto o más tarde.
~
Todo lo que nos sucede, todo lo que hablamos o nos es relatado, cuanto vemos con nuestros propios ojos o sale de nuestra lengua o entra por nuestros oídos, todo aquello a que asistimos (y de lo cual, por tanto, somos algo responsables), ha de tener un destinatario fuera de nosotros mismos, y a ese destinatario lo vamos seleccionando en función de lo que acontece o nos dicen o bien decimos nosotros.
~
Cómo cansa estar perturbado, cómo cansa y hastía pensar perturbadamente y por ello pensar tanto, el desvarío es siempre del pensamiento que hace rimas y oscila y puntúa arbitrariamente, tengo que dejar de pensar y hablar en cambio para descansar de mi pensamiento que unifica y asocia y establece demasiados vínculos.
~
Estábamos en olor de despedida, que es un olor intenso y reconocible siempre, pero aún así fingimos que la despedida y la separación no estaban del todo determinadas, como lo habían estado desde el principio (tener lo que se llama un amor en el territorio de paso, y en quien pensar, esa fue la resolución, y fue el proyecto), sino que podían depender de aquel encuentro.
~
Las geográficas son razones bastante poderosas para separar a la gente. A veces son inapelables. Tú no quieres marcharte y sí querrías marcharte, luego no sabes muy bien lo que quieres. Yo sé que no puedo ni quiero marcharme de ningun sitio. Pero tambien da lo mismo que tú no lo sepas porque tienes que irte en todo caso, y te marcharás. No tiene sentido hablar de lo que no admite dudas.
~
Fue entonces cuando la conversación entre los amantes dejó de discurrir por una superficie plana, y por lo diáfano, y por el futuro, para hacerlo por una superficie rugosa y quebrada, y por lo brumoso, y por el pasado.
~
Puede que mintiera respecto a todo, no lo sé, no importa, mi vida discurre ahora por otros cauces, ya no soy el mismo que estuvo dos años en la ciudad de Oxford, creo. Ya no estoy perturbado, aunque mi perturbación de entonces no fuera gran cosa, fue leve y pasajera y articulada y lógica, como ya he dicho, una de esas perturbaciones que no nos impiden seguir trabajando, ni conducirnos de manera sensata, ni ser formales, ni tratar con las demás personas como si no nos sucediera nada; una de esas perturbaciones que seguramente pasan inadvertidas para todo el mundo menos para el que la siente, una de esas que todos tenemos de vez en cuando.
~
”
15/10/2011
24/9/2011